Aprendiendo a mirar más allá del síntoma: comprender la fragilidad de quien amamos

reflexionfamiliaperdidaautismoreflexionessalud

Antes de que todo comenzara, nunca imaginé que observar los pequeños cambios cotidianos en mi padre se convertiría en una lección tan profunda sobre el cuerpo y la vida. Este texto nace de esa experiencia: la de mirar más allá del síntoma y aprender a escuchar lo que el cuerpo intenta decir en silencio.

Cuando el cuerpo empieza a hablar en silencio

A veces el cuerpo no grita, solo susurra, empieza a moverse más lento, a cansarse antes, a necesitar más reposo y menos estímulo. Y como esos cambios llegan de forma tan gradual, cuesta notarlos… o cuesta darles el significado que realmente tienen.

Mi papá, alrededor de su cumpleaños número 80, empezó a pasar más tiempo sentado, menos activo. Ya no bajaba a donde las gallinas; antes era él quien se encargaba de alimentarlas y asear el gallinero. Yo lo atribuía al cansancio natural de la edad, a los días fríos o al simple descanso que merecía. No imaginaba que ese ritmo más pausado era, en realidad, el lenguaje silencioso de su fragilidad, refiriéndome aquí al síndrome clínico de fragilidad y no solo a una cualidad física o emocional.

Fui aceptando todo de forma natural. Era parte del cansancio de una vida recorrida, de miles de adaptaciones que fue haciendo por su cuenta. Era autista (Asperger) con Altas Capacidades, y pasó “piola” toda su vida. No fue hasta que recibí mi propio diagnóstico que comprendí lo de él. Mi viejo fue entrando poco a poco en un burnout autista desde principios de este año; su cumpleaños es el 7 de enero.

Entre el síncope, el golpe y el cuerpo que intenta compensar

Mi viejo, desde hacia un tiempo, se caía con cierta frecuencia, pero nunca pasaba a mayores. Había tenido problemas de equilibrio, ahora sé que tanto por su autismo como por su problema auditivo. Recuerdo una vez que se cayó en la bajada hacia las gallinas por llevar muchas cosas en las manos. Se afirmó como pudo y mi vieja lo ayudó a volver arriba con un azadón.

El día de la caída todo ocurrió en cuestión de segundos. Un desmayo, probablemente por un síncope o una alteración autonómica; un golpe en la cabeza, diagnosticado luego como un traumatismo encéfalo craneano cerrado simple. Aparentemente se repuso y, al cabo de poco tiempo, se veía normal, sin dolor ni otras alteraciones evidentes, por lo que almorzamos casi normalmente, solo un poco más liviano, no era la primera vez que se caía y las veces anteriores nunca paso a mayores . Horas después, en la once-comida, —dos empanadas de marisco y una taza de té— y, tras un par de horas, presentó un cuadro de dumping: sensación de calor, debilidad, mareos, palidez.

El dumping, también conocido como vaciamiento gástrico rápido, es una complicación digestiva que puede aparecer después de una gastrectomía total o parcial. En términos simples, ocurre cuando los alimentos pasan demasiado rápido al intestino, provocando malestar, debilidad o sudoración, entre otros síntomas. Su comprensión no requiere tecnicismos, pero sí empatía: el cuerpo intenta adaptarse a una nueva forma de procesar lo que recibe.

Años atrás ya había presentado estos episodios, donde se “mojaba entero” por el sudor y se desorientaba un poco, yo le llamaba “chiripiorcas”. El médico les explicó a mis viejos, erróneamente, que era un “cablecito” que se desconectaba a veces y que se podía operara. Mi viejo comía algo dulce y se regulaba. Con el tiempo esos episodios se alejaron, especialmente desde que comenzamos a consumir menos alimentos ricos en hidratos de carbono procesados.

Este cuadro, le ocasiono un segundo golpe, aunque mucho más leve, probablemente afectó su equilibrio neurovegetativo, sumándose al cansancio acumulado y al estrés físico de una digestión difícil. Era una suma de pequeñas cargas sobre un sistema con menos reservas.

Más allá del diagnóstico: la fragilidad como estado integral

La medicina occidental enseña a buscar causas, a nombrar cada alteración, a clasificar. Pero con los años —y especialmente cuando se acompaña a alguien querido— se aprende que el cuerpo no falla por partes: es un sistema que funciona coordinando un sinnúmero de elementos. La fragilidad no es una enfermedad, sino un estado donde los sistemas pierden su coordinación fina. Músculos, sistema nervioso, metabolismo y emociones dejan de sincronizarse como antes, y basta un pequeño desequilibrio —una caída, una comida inadecuada, una infección leve— para que todo el sistema se descompense.

A veces el síntoma visible (el golpe, la presión baja, el mareo) es solo la superficie de algo más complejo: un cuerpo que ya no puede sostener la misma carga que antes, las que antes eran pequeñas y livianas ahora son cargas grandes y pesadas.

Mirar más allá del síntoma implica reconocer esa totalidad. No se trata solo de “curar”, sino de entender hasta dónde el cuerpo puede adaptarse y cuándo necesita descansar. Y muchas veces, ese descansar no es rendirse, sino reconocer que ya se ha cumplido el ciclo: haber formado una linda familia, creado recuerdos y sembrado para la posteridad.

Lo que aprendí acompañando

Acompañar a mi padre en ese proceso fue aprender a escuchar de otra manera. No solo con los conocimientos médicos o la mirada analítica, sino con atención genuina al ritmo de su cuerpo. Cada silencio, cada gesto, cada cambio en su respiración decía más que cualquier examen.

También entendí que el amor, en estos contextos, no siempre significa intervenir, sino saber observar sin forzar. Hubo momentos en los que sentí frustración, culpa y cansancio, muchas veces de no saber que más hacer o como enfrentar y resolver lo que le aquejaba, incluido el burnout autista por el que estaba atravesando, pero también estoy comprendiendo que el cuidado no siempre es acción, sino presencia.

Mi padre falleció algunos días después del segundo golpe, de forma tranquila, acompañado. Mi hermano, mi hermana y mi sobrina llegaron horas antes de su partida, y minutos antes pudo despedirse de mi sobrino, que está estudiando en Argentina, a través de una videollamada en la que alcanzó a decir simplemente: “Mati, Mati”. Su cuerpo, probablemente, ya no tenía reservas para compensar más. Pero su partida me dejó una enseñanza que trasciende lo médico: a veces cuidar no es evitar el desenlace, sino hacerlo más humano, aunque por dentro uno sigue sintiendo el dolor de ver y sentir la partida de quien amamos.

Aprender a mirar más allá del síntoma

Al mirar atrás, comprendo que acompañar la fragilidad de mi padre fue también un espejo para reconocer mis propios límites y mi manera de cuidar. Aprendí que escuchar al cuerpo —el suyo y el mío— es una forma de respeto y de amor profundo, un recordatorio de que la ciencia y la ternura no están reñidas, sino que se necesitan mutuamente.

Trato de mirar más allá del dato, más allá del número o el diagnóstico, lo digo desde el conocimiento que me dieron mis estudios y la experiencia de haber acompañado de cerca estos procesos. El cuerpo habla mucho antes de que aparezca el síntoma, pero hay que aprender a escucharlo.

La fragilidad, en el fondo, no es debilidad: es el reflejo de todo lo que el cuerpo ha resistido y adaptado a lo largo de la vida, si lo miro desde otra perspectiva es la medalla que “el destino” otorga por una vida de logros. Comprenderla, acompañarla y respetarla es también una forma de honrar esa historia.